Hermann Hesse y sus poemas

Para cada momento de nuestra vida, hay un libro, Hermann Hesse no es la excepción. Basta consultar algunos de los libros que ha escrito, para tener curiosidad por sus títulos. Tiene un reconocimiento por un par de ellos, como «El Lobo Estepario» o «Demian», ambos los he leído, y no olvido de «El camino a Oriente» y «Sidharta». Todos me han dejado algo o incluso me atrevo a decir, que llegaron en el momento preciso a mi vida lectora.

Considero a Hesse, uno de esos autores que, por excelencia y ejemplo se debe leer. Tanto si quieres ser escritor, como si sólo buscas estudiar y o leer por disfrute estético. Sea la razón que te lleve a incursionar en el mundo literario de Hesse, no es un autor que se pueda ignorar.

Hasta hace poco, me enteré que también incursionó en el mundo de la poesía -al final del artículo, en las fuentes, puede ver un poco sobre él a profundidad-. Con leer aquel poema, que es primero de los 10 que aquí reuní, decidí seguir buscando a ver qué podría encontrar. No es para menos, el autor alemán no me ha decepcionado. ¿Qué pienso de estos poemas? Son como pastillas o pequeñas dósis de lo que trata en sus libros, que si no has leído, debes hacerlo.


Mi almohada me mira de noche en mi cama vacía, con reproche.
Yo nunca pensé en la amargura de esta pena, que tanto perdura, y sin sentir en mi cara la caricia de tu cabellera de esencia tan rara…
A la luz de la bombilla del techo me recojo de noche en mi lecho, extiendo los brazos, busco tu mano, pero todo es inútil, todo es en vano.
Busco anhelante tus labios de rosa, y tu imagen se me escapa como mariposa; me revuelvo ansioso, salto de la cama, corro por el cuarto, voy a la ventana… ¿Dónde están esos rizos de tu cabellera, dónde están tus labios, si yo los pidiera? Y siento en medio del gozo un dolor, el vino me sabe a veneno, ansío tus caricias, tu seno, mi vida es inútil, sin ti.

Sin título


Ninguno de los libros de este mundo
te dará la felicidad,
aunque ellos te muestran clandestinamente
el camino de regreso a ti.
Allí está todo cuanto precisas,
el sol, las estrellas y la luna,
pues la luz tras la que vas
en ti mismo habita.
La sabiduría que largamente buscaste
en las bibliotecas
luce ahora en cada página,
ahora es tuya.

Libros


Sólo para mí, solitario,
brillan las infinitas estrellas nocturnas,
murmuran los empedrados pozos su mágica canción,
sólo para mí, para mí tan sólo, para el solitario,
deambulan las cromadas sombras
al igual que las errantes y soñadoras nubes sobre el horizonte.
Ni un hogar ni el campo arado,
ni el bosque ni la caza ni profesión me fueron dados,
mío es tan sólo lo que a nadie pertenece,
mío es el violento arroyo tras el bosque velado,
mío el mar turbador,
mío el canto de pájaro de los niños que juegan,
las lágrimas y el sufrimiento de un enamorado solitario al atardecer.
Míos son también los templos de los dioses, mío es
el venerable pasado de los pequeños bosques.
Y no menos es el futuro
mi patria, la luminosa bóveda celeste:
a veces en nostálgico y alto vuelo mi alma se eleva
para contemplar el sagrado futuro de la humanidad,
[para ver] el amor, superador de la ley, el mutuo amor que se profesan los pueblos.
Me reencuentro con todos, tocados por la nobleza:
el campesino, el rey, el mercader, el incansable gremio marinero,
el pastor y el jardinero, todos ellos
agradecidos celebran la fiesta universal del futuro.
Al margen queda el poeta,
él, espectador solitario,
él, portador de los anhelos de la humanidad y pálida imagen;
el futuro, ese mundo ya colmado,
no necesita nada más.
Sobre su tumba se marchitan las coronas de flores,
y olvidado queda su recuerdo.

El poeta


Se tambalea en la vacía la botella y en el vaso
el brillo de la vela;
hace frío en la habitación.
Afuera cae la lluvia sobre la hierba.
Te tiendes de nuevo para descansar brevemente
avasallado por el frío y la tristeza.
El amanecer y el atardecer llegan de nuevo,
siempre vuelven:
tú, jamás.

Atardecer solitario


Toda flor desea su fruto,
todo amanecer se encamina al crepúsculo,
nada eterno hay en la tierra,
excepto la transformación y la fuga.

También el más bello verano
quiere sentir alguna vez el otoño y lo caduco.
Detente, hoja, sé paciente y silenciosa
cuando el viento desee llevarte.

Sigue jugando tu juego, no te detengas,
deja, tranquila, que las cosas ocurran.
Permite que el viento que te arranca
sople y te conduzca a casa.

Hoja marchita 


Siempre he andado sin meta,
nunca deseé concederme descanso,
y mis caminos eternos me parecieron.
Comprendí al fin que caminaba en círculo,

y me sentí cansado del viaje:
toda mi vida cambió en aquel instante.

Errante voy hacia la meta,
pues bien sé que en cualquier camino
la Muerte me tiende su mano.

Hacia la meta 


Que lo hermoso y lo encantador
sea tan sólo aliento y tormenta,
que lo delicioso, lo maravilloso
y lo propicio no duren:
que las nubes, flores, pompas de jabón,
que los fuegos artificiales y las risas de los niños,
la mirada de una mujer en el espejo
y tantas cosas tan maravillosas
desaparezcan, apenas descubiertas,
que duren no más que un instante:
¡ah, eso lo sabemos con tristeza!
Lo duradero e inmóvil
no nos parece tan valioso:
piedras preciosas de fuego gélido,
pesada barra de oro reluciente;
las mismísimas estrellas,
que permanecen alejadas y extrañas, no nos resultan
semejantes a nosotros, seres transitorios:
no llegan a lo más profundo del alma.
Es como si lo hermoso y lo amable tendiera a la destrucción,
cerca siempre de la muerte,
y que lo más valioso, las notas musicales
que desde el nacimiento
corren y se extinguen,
son nada más que ligero aliento, torrentes, huida.
Y dolorosamente derribados por un leve soplo,
no permanecen más que el tiempo
que dura un latido;
sonido tras sonido, casi apenas entonados,
manan y se esfuman.

Y así se entrega a lo fugaz
lealmente nuestro corazón,
a la vida, a lo que surge de continuo,
y no a lo que, rígido, dura.
Muy pronto lo que permanece nos fatiga,
joyas, rocas y el cielo estrellado,
a nosotros, errantes del eterno cambio,
almas y pompas de jabón,
al tiempo unidos, y fugaces,
a quienes el rocío de una hoja rosa,
a quienes el cortejo de unas aves,
la muerte de las nubes,
el brillo de la nieve, el arco iris,
la mariposa voladora;
nosotros, a quienes el roce sonido
de una risa fugaz
nos parece una fiesta
o nos causa dolor.
Amamos cuanto nos es semejante, y entendemos
lo que el viento escribe sobre la arena.

Escritos en la arena


Vosotros, hermanos míos,
pobres hombres, cercanos o alejados;
vosotros, que a la luz de las farolas
soñáis con un consuelo para vuestras penas;
vosotros, silentes, que unís las manos,
orando, renunciando, sufriendo
en las pálidas noches estrelladas;
vosotros, que padecéis o permanecéis despiertos,
navegantes sin astros ni ventura,
rebaño errante sin cobijo,
extraños y, sin embargo, mis hermanos,
¡devolvedme el saludo que os ofrezco!

Noche solitaria


Yo, lobo estepario, troto y troto,
la nieve cubre el mundo,
el cuervo aletea desde el abedul,
pero nunca una liebre, nunca un ciervo.

¡Amo tanto a los ciervos!
¡Ah, si encontrase alguno!
Lo apresaría entre mis dientes y mis patas,
eso es lo más hermoso que imagino.
Para los afectivos tendría buen corazón,
devoraría hasta el fondo de sus tiernos perniles,
bebería hasta hartarme de su sangre rojiza,
y luego aullaría toda la noche, solitario.

Hasta con una liebre me conformaría.
El sabor de su cálida carne es tan dulce de noche.
¿Acaso todo, todo lo que pueda alegrar
una pizca la vida está lejos de mí?
El pelo de mi cola tiene ya un color gris,
apenas puedo ver con cierta claridad,
y hace años que murió mi compañera.

Ahora troto y sueño con ciervos,
troto y sueño con liebres,
oigo soplar el viento en noches invernales,
calmo con nieve mi garganta ardiente,
llevo al diablo hasta mi pobre alma.

Lobo Estepario


El cielo tormentoso,
y un tilo en el jardín,
en pie, tiembla.
Es tarde ya.
Un pálido relámpago
vemos en el estanque
permanecer, con ojos
grandes, humedecidos.

Las flores se mantienen
en tallo fluctuante
y afiladas guadañas
se acercan más y más.

El cielo tormentoso
trae un aire pesado.
Mi chica se estremece:
«¿Lo sientes tú también?»

Noche del temprano estío


Fuente: ElVuelodelaLechuza
ElVuelodelaLechuza
ZendaLibros

Publicado por J Cortez

Estudiante de Lengua y Literatura, mención profesor. Escritor y Freelancer a tiempo completo.

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